Todo empezó el día que desperté sobre una superficie blanca adornada con líneas azules que describían formas extrañas. No conocía la textura de ese suelo, no recordaba nada, no sabía qué ni quién era, no conocía mi entorno; era una sensación frustrante. Me levanté con torpeza, gotas de agua amenazaban con destrozarme, así que usé mi aliento y mis fuerzas para hacer que ese suelo tan extraño me sirviera de cobijo, doblándolo y aguantando la parte erguida con unas ramas. Me refugié en aquel lugar, triste, desconcertada, sola. Tenía frío, hambre y miedo.
El sol se desvaneció; más tarde lo hizo la luna. Y así tres veces, tal vez cuatro. Pero yo no podía soportar aquello más tiempo. Me puse en pie y salí al encuentro de quién sabe qué. Entonces me fui dando cuenta de pequeños detalles como mi tamaño, similar al de las flores que me rodeaban; la tierra, a veces húmeda, otras seca. El mundo era inmenso y yo demasiado diminuta. Caminé sin rumbo fijo, esquivando seres enormes que amenazan con pisarme. Uno de ellos logró alcanzarme cuando intentaba huir de su campo de visión. Sus manos me agarraban impidiendo que mis pulmones pudieran recoger y expulsar el aire con normalidad, me estaba torturando. Grité pero nadie me escuchaba, lloré y a nadie le importó... O al menos eso pensé antes de que él viniera a por mí.
Vueltas, mareo, dolor de cabeza, de alma, deseos de acabar con todo... Y una caída. Una caída que arañó mi piel de los pies a la cabeza, pero que me salvó la vida. Me incorporé como me lo permitieron las piernas y corrí en cualquier dirección. Jadeante, llegué al lugar donde había amanecido días antes. Me senté apoyando la espalda en la extraña pared y abracé mis piernas, desolada. Quizás debería haber dejado que aquel monstruo acabara conmigo. No me quedaba nada.
El sonido de un aleteo que ignoré se fue aproximando hasta una zona cercana a la mía. Me asomé con intención de conocer la procedencia y me sorprendió verle volando hacia mí. Tamaño similar al mío, cabello oscuro y agraciado, varón, de constitución fuerte y con unas alas que se unían a su espalda, iba semidesnudo, es decir, con el torso al descubierto y descalzo. Su piel cobriza me atrajo desde el primer momento, sus labios, sus ojos. Era un ángel. Se detuvo frente a mí y su voz sonó preocupada:
- ¿Estás bien?
- Sí. – Mentí.
- No lo parece.
Me encogí de hombros ante su evidencia. El cansancio estaba ganando la batalla, el hambre era su aliado y la caída había sido su arma culminante. No tardé en perder el conocimiento.
Cuando abrí los ojos, un sol brillante me deslumbró. Me incorporé, me froté los ojos y le vi, sonriéndome.
- Buenos días. Al principio me asustaste; menos mal que ya estás mejor.
- Hola... – Murmuré. Contemplé entonces mis heridas, ausentes o protegidas con una tela blanca. - ¿Me has... cuidado?
- Si lo quieres llamar así. – Se encogió de hombros.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué? ¿Necesito razones para ayudarte? – Se echó a reír. Qué risa tan bella. – Haces preguntas muy raras.
- Lo siento.
- No te disculpes, no has hecho nada malo. Pero la próxima vez, procura que no te vean, y menos, que te cojan. No me quiero imaginar qué habría ocurrido si no hubiera llegado a tiempo.
- ¿Has sido tú el que ha hecho que eso me soltase?
- ¿Quién si no? Aquí sólo estamos tú y yo, vienes sola. Lo que desconozco es de dónde.
- Yo tampoco lo sé.
- Tal vez haya sido el golpe. Demasiada altura. – Tomó mi brazo y untó en el una pasta cremosa, luego, una gasa lo envolvió, - Esto te ayudará.
- Gracias.
- ¿Has comido ya?
Negué ligeramente con la cabeza. Él se giró para sacar de un pequeño bolso que colgaba de su hombro un paño grande con alimentos variados. Aparté la cortesía para engullir aquellas delicias sin modales ni cuestiones. Él volvió a reírse después de un “buen provecho” con esa voz suave y masculina que tanto me gustaba.
- ¿Cómo te llamas? – No respondí a su pregunta, por lo que prosiguió – ¿Tampoco sabes tu nombre? ¿Es eso posible? – Se sorprendió.
- Lo primero que recuerdo es haberme despertado aquí.
- ¿Encima de un cuaderno?
- ¿Un qué?
- Un cuaderno. Además la caligrafía parece de mujer; joven.
- ¿Lo que está en color azul son palabras?
- Sí, parece una historia, un cuento o algo así... ¿Quieres que te lo lea?
- ¡Claro!
Me aparté de allí, dejándole paso. Se puso a cuatro patas y empezó a leer de forma torpe, lenta, pero clara y comprensible. Jamás hubiera imaginado lo que dirían aquellas palabras.
- A ver... Me encantaba hacerla feliz, tan maravillosa, ella para mí. Cada mañana, después de un baño en el charco, saltaba de flor en flor depositando en sus pétalos pequeñas gotitas de agua, eso que nosotros, los humanos, conocemos como el rocío. Los colores parecían intensificarse con su presencia ligera como el aire, tal vez por el vuelo de su falda al caminar mostrando sus finos tobillos. El cabello cortado a capas, oscuro a juego con sus ojos de misma tonalidad, se agraciaba por encima de su diadema descendiendo por sus hombros para acabar en su espalda. Labios deseados por el beso más cálido; mirada viva y respiración tranquila en una figura escultural de tez morena. Vaya, es como si te estuviera describiendo. – Comentó tras examinarme con su mirada. – En tercera persona; tú eres ella, para la persona que escribió esto.
- Eso es imposible... ¿Qué sentido tendría? – Estaba desconcertada. Él se limitó a encogerse de hombros. – Continúa, por favor.
- Debo pasar la página, ayúdame.
Abrimos juntos el cuaderno de par en par, apoyando sus tapas en la hierba. Agarró con sus fuertes manos la hoja de papel y la cambió de lugar para seguir con la lectura.
- Escogí ese nombre porque la definía, pura como el agua y la luna, Cristalina, cristalina como el rocío. – La sorpresa se reflejó en sus ojos anonadados mientras me hacía gestos para que le acompañara.
- ¿Por qué callas? – El silencio me dio una bofetada cuando llegué a la superficie del cuaderno y vi bajo mis pies el dibujo de una joven que cumplía las características anteriores. Rebosaba felicidad, alegría, vida. En ese momento la envidié.
- ¿Quién es?
- Tú.
- ¿Qué dices?
Me tomó del brazo, arrastrándome hasta la orilla de un charco.
- Mírate. Ese dibujo es tu reflejo.
Tenía razón; era yo. Examiné cada detalle buscando alguna diferencia que me sirviera de argumento para contradecirle, pero no había ninguna, salvo la expresión. Ahora estaba más consternada. Me levanté y regresé junto a él sin mediar palabra. No entendía nada. Me senté en la tierra, cerca de la libreta, y él me imitó situándose enfrente. Suspiré y apoyé la cabeza en mis manos.
- Al menos ya sabemos tu nombre, Cristalina. El mío, por si te interesa, es Eleazar.
- Perdóname, debería haberte preguntado antes...
- Estabas más preocupada por tu identidad.
- ¿Y de dónde vienes, Eleazar?
- Ele, si quieres. De ninguna parte, Cristalina. Pertenezco al clan de los habladores. Nos dedicamos a volar por los jardines contándole historias a las flores, para que no se marchiten al pensar en el olvido humano. Voy de allí para acá, cual profeta que ilumina con su fe llenando de esperanza los corazones de la gente.
- Vaya. Es precioso, Ele.
- Acompáñame. Te ayudaré a averiguar tu origen.
- ¿De veras? ¿Hablas en serio?
Eleazar asintió un par de veces, luego, me lancé sobre él, abrazándole. Él me devolvió el gesto de buena gana, lo cual agradecí muchísimo.
Aquella noche me refugié entre sus brazos y me dormí contemplando las estrellas en el firmamento mientras él acariciaba mi espalda dándome seguridad. Se acabaron los miedos, el hambre y la soledad.
