martes, 21 de julio de 2009

CAPÍTULO 1. EL PRINCIPIO


Todo empezó el día que desperté sobre una superficie blanca adornada con líneas azules que describían formas extrañas. No conocía la textura de ese suelo, no recordaba nada, no sabía qué ni quién era, no conocía mi entorno; era una sensación frustrante. Me levanté con torpeza, gotas de agua amenazaban con destrozarme, así que usé mi aliento y mis fuerzas para hacer que ese suelo tan extraño me sirviera de cobijo, doblándolo y aguantando la parte erguida con unas ramas. Me refugié en aquel lugar, triste, desconcertada, sola. Tenía frío, hambre y miedo.

El sol se desvaneció; más tarde lo hizo la luna. Y así tres veces, tal vez cuatro. Pero yo no podía soportar aquello más tiempo. Me puse en pie y salí al encuentro de quién sabe qué. Entonces me fui dando cuenta de pequeños detalles como mi tamaño, similar al de las flores que me rodeaban; la tierra, a veces húmeda, otras seca. El mundo era inmenso y yo demasiado diminuta. Caminé sin rumbo fijo, esquivando seres enormes que amenazan con pisarme. Uno de ellos logró alcanzarme cuando intentaba huir de su campo de visión. Sus manos me agarraban impidiendo que mis pulmones pudieran recoger y expulsar el aire con normalidad, me estaba torturando. Grité pero nadie me escuchaba, lloré y a nadie le importó... O al menos eso pensé antes de que él viniera a por mí.

Vueltas, mareo, dolor de cabeza, de alma, deseos de acabar con todo... Y una caída. Una caída que arañó mi piel de los pies a la cabeza, pero que me salvó la vida. Me incorporé como me lo permitieron las piernas y corrí en cualquier dirección. Jadeante, llegué al lugar donde había amanecido días antes. Me senté apoyando la espalda en la extraña pared y abracé mis piernas, desolada. Quizás debería haber dejado que aquel monstruo acabara conmigo. No me quedaba nada.

El sonido de un aleteo que ignoré se fue aproximando hasta una zona cercana a la mía. Me asomé con intención de conocer la procedencia y me sorprendió verle volando hacia mí. Tamaño similar al mío, cabello oscuro y agraciado, varón, de constitución fuerte y con unas alas que se unían a su espalda, iba semidesnudo, es decir, con el torso al descubierto y descalzo. Su piel cobriza me atrajo desde el primer momento, sus labios, sus ojos. Era un ángel. Se detuvo frente a mí y su voz sonó preocupada:

- ¿Estás bien?
- Sí. – Mentí.
- No lo parece.

Me encogí de hombros ante su evidencia. El cansancio estaba ganando la batalla, el hambre era su aliado y la caída había sido su arma culminante. No tardé en perder el conocimiento.

Cuando abrí los ojos, un sol brillante me deslumbró. Me incorporé, me froté los ojos y le vi, sonriéndome.

- Buenos días. Al principio me asustaste; menos mal que ya estás mejor.
- Hola... – Murmuré. Contemplé entonces mis heridas, ausentes o protegidas con una tela blanca. - ¿Me has... cuidado?
- Si lo quieres llamar así. – Se encogió de hombros.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué? ¿Necesito razones para ayudarte? – Se echó a reír. Qué risa tan bella. – Haces preguntas muy raras.
- Lo siento.
- No te disculpes, no has hecho nada malo. Pero la próxima vez, procura que no te vean, y menos, que te cojan. No me quiero imaginar qué habría ocurrido si no hubiera llegado a tiempo.
- ¿Has sido tú el que ha hecho que eso me soltase?
- ¿Quién si no? Aquí sólo estamos tú y yo, vienes sola. Lo que desconozco es de dónde.
- Yo tampoco lo sé.
- Tal vez haya sido el golpe. Demasiada altura. – Tomó mi brazo y untó en el una pasta cremosa, luego, una gasa lo envolvió, - Esto te ayudará.
- Gracias.
- ¿Has comido ya?

Negué ligeramente con la cabeza. Él se giró para sacar de un pequeño bolso que colgaba de su hombro un paño grande con alimentos variados. Aparté la cortesía para engullir aquellas delicias sin modales ni cuestiones. Él volvió a reírse después de un “buen provecho” con esa voz suave y masculina que tanto me gustaba.

- ¿Cómo te llamas? – No respondí a su pregunta, por lo que prosiguió – ¿Tampoco sabes tu nombre? ¿Es eso posible? – Se sorprendió.
- Lo primero que recuerdo es haberme despertado aquí.
- ¿Encima de un cuaderno?
- ¿Un qué?
- Un cuaderno. Además la caligrafía parece de mujer; joven.
- ¿Lo que está en color azul son palabras?
- Sí, parece una historia, un cuento o algo así... ¿Quieres que te lo lea?
- ¡Claro!

Me aparté de allí, dejándole paso. Se puso a cuatro patas y empezó a leer de forma torpe, lenta, pero clara y comprensible. Jamás hubiera imaginado lo que dirían aquellas palabras.

- A ver... Me encantaba hacerla feliz, tan maravillosa, ella para mí. Cada mañana, después de un baño en el charco, saltaba de flor en flor depositando en sus pétalos pequeñas gotitas de agua, eso que nosotros, los humanos, conocemos como el rocío. Los colores parecían intensificarse con su presencia ligera como el aire, tal vez por el vuelo de su falda al caminar mostrando sus finos tobillos. El cabello cortado a capas, oscuro a juego con sus ojos de misma tonalidad, se agraciaba por encima de su diadema descendiendo por sus hombros para acabar en su espalda. Labios deseados por el beso más cálido; mirada viva y respiración tranquila en una figura escultural de tez morena. Vaya, es como si te estuviera describiendo. – Comentó tras examinarme con su mirada. – En tercera persona; tú eres ella, para la persona que escribió esto.
- Eso es imposible... ¿Qué sentido tendría? – Estaba desconcertada. Él se limitó a encogerse de hombros. – Continúa, por favor.
- Debo pasar la página, ayúdame.

Abrimos juntos el cuaderno de par en par, apoyando sus tapas en la hierba. Agarró con sus fuertes manos la hoja de papel y la cambió de lugar para seguir con la lectura.

- Escogí ese nombre porque la definía, pura como el agua y la luna, Cristalina, cristalina como el rocío. – La sorpresa se reflejó en sus ojos anonadados mientras me hacía gestos para que le acompañara.
- ¿Por qué callas? – El silencio me dio una bofetada cuando llegué a la superficie del cuaderno y vi bajo mis pies el dibujo de una joven que cumplía las características anteriores. Rebosaba felicidad, alegría, vida. En ese momento la envidié.
- ¿Quién es?
- Tú.
- ¿Qué dices?

Me tomó del brazo, arrastrándome hasta la orilla de un charco.

- Mírate. Ese dibujo es tu reflejo.

Tenía razón; era yo. Examiné cada detalle buscando alguna diferencia que me sirviera de argumento para contradecirle, pero no había ninguna, salvo la expresión. Ahora estaba más consternada. Me levanté y regresé junto a él sin mediar palabra. No entendía nada. Me senté en la tierra, cerca de la libreta, y él me imitó situándose enfrente. Suspiré y apoyé la cabeza en mis manos.

- Al menos ya sabemos tu nombre, Cristalina. El mío, por si te interesa, es Eleazar.
- Perdóname, debería haberte preguntado antes...
- Estabas más preocupada por tu identidad.
- ¿Y de dónde vienes, Eleazar?
- Ele, si quieres. De ninguna parte, Cristalina. Pertenezco al clan de los habladores. Nos dedicamos a volar por los jardines contándole historias a las flores, para que no se marchiten al pensar en el olvido humano. Voy de allí para acá, cual profeta que ilumina con su fe llenando de esperanza los corazones de la gente.
- Vaya. Es precioso, Ele.
- Acompáñame. Te ayudaré a averiguar tu origen.
- ¿De veras? ¿Hablas en serio?

Eleazar asintió un par de veces, luego, me lancé sobre él, abrazándole. Él me devolvió el gesto de buena gana, lo cual agradecí muchísimo.

Aquella noche me refugié entre sus brazos y me dormí contemplando las estrellas en el firmamento mientras él acariciaba mi espalda dándome seguridad. Se acabaron los miedos, el hambre y la soledad.

CAPÍTULO 2. EL ALBA, LAS FLORES Y EL ROCÍO


- Cristalina, despierta. Va a salir el sol.

Obedecí después de estirarme, frotar mis ojos con las manos e incorporarme. El cielo, teñido de un azul apagado y muy suave, hacía con él una imagen espléndida.

- Buenos días. – Saludé. Él se echó a reír. - ¿Qué ocurre?
- ¡Tu pelo, tu cara... tu voz! – contestó divertido.

Gateé hacia la orilla del charco más cercano y contemplé mi reflejo, aguantando las ganas de unirme a su fantástica risa. Realmente daba pena verme. El cabello alborotado, la cara hinchada... Segundos después me encontré dentro del agua que me había servido de espejo. Eleazar me había empujado a traición sin cambiar su expresión alegre, alegando después:

- No te vendrá mal un baño de agua fría. Es por tu bien, de verdad.
- ¡Eres tremendo! ¡Ayúdame a salir! – Fingí enfadarme.
- No te enfades, que solo bromeaba...

Tendió sus manos para sacarme de allí, gesto que aproveché para atraerle hacia mí y tirarlo al agua.

- Yo también – me eché a reír.
- ¡Oh, eres...!

Empezó a echarme agua en la cara y yo le imité. Intenté hundirle en vano antes de que él usara en mi contra mi propia fuerza para hacerme bucear hasta él y volver a jugar. Me divertí muchísimo, era un chico genial.

Él salió del agua y yo le seguí, pero volví a verme dentro cuando me empujó. Más risas. Decidí quedarme dentro y me tumbé en la orilla, boca abajo, mirando de frente a Ele que se había echado en la misma postura que yo para secar sus alas de hada al sol. Nuestras cabezas apenas se separaban por un centímetro humano.

- ¿Qué haremos ahora?
- Hablar con las flores. Tú, además, las rociarás con las gotas retenidas en tu falda. Seguro que les sienta genial y lo agradecen.
- Me parece bien.

Al cabo de unos minutos, Eleazar se levantó, me sacó del charco y me cogió por la cintura colocándome de espaldas a él. Apenas pude abrir la boca para quejarme cuando una distancia respetable me separaba del suelo; el viento azotaba mi rostro sin ser incómodo jugando con mi melena oscura y la suya; los rayos del sol comenzaban a teñir con tonos anaranjados el cielo, en el horizonte ya era azul; la fragancia de las flores empezaba a intensificarse a medida que descendíamos a los jardines de rosas, lirios, jazmines y margaritas que visitamos aquel día.

El primero se encontraba en un estado pésimo, los pétalos marchitos restaban belleza a los vivos colores que poseían: rojo, rosa y blanco. La pena me invadió al posar los pies en la tierra. Parecían tan tristes. Miré a mi compañero, decepcionada.

- Tranquila, si nos apresuramos las salvaremos – me animó. – Además estás empapada, si viertes agua en su raíz será de ayuda.
- Pero... – Ya se había ido cuando quise darme cuenta de que no sabía bien qué hacer.

Suspiré, el corazón me latía muy rápido. Háblales como si pudieran contestarte, me dije, y así lo hice. Empecé con un saludo bastante torpe y acabé rogándoles que no se marchitaran. Me sentía un poco absurda charlando con quien no sabe responder, pero al verle a él conversando como si nada, con su sonrisa, su mirada, la esperanza acudía a mi corazón haciendo que nuevos ánimos me ayudaran a terminar con la labor vertiendo agua en cada raíz.

- ¿Por qué no os recuperáis? – me angustié.
- Cristalina, no te agobies – Eleazar me tomó por la cintura y besó mi cabeza – mañana estarán mejor, ya lo verás.

No le creí, pero pronto lo olvidé para centrarme en otras flores, otros parques, otras necesidades. Los jazmines me enamoraron, olían de maravilla, aunque otros se estaban estropeando con el calor. Exprimí el agua retenida en mi cabello en la tierra que pisaban para darles fuerza mientras Ele les contaba historias de princesas y príncipes, amores, guerreros buenos que siempre ganan a los malos.

Lo mismo hicimos con los lirios y margaritas. Para estas últimas ya no me quedaban gotas de agua que verter sobre ellas, por lo que me fui en busca de ella. Me alegré al encontrar un tubo negro que tenía un escape de agua, un agujero, del que salían pequeñas gotitas saltando hacia la hierba. Me coloqué allí para interceptarlas todas, aprovechando el momento para beber. Cuando la falda ya pesaba lo suficiente, me dispuse a marchar de regreso al jardín, pero Ele estaba allí para recogerme. Juntos regamos lo restante, comimos, y volvimos al cuaderno.

Eleazar leyó nuevas páginas que narraban lo mismo que la vez anterior. El alba, las flores y el rocío, todo envuelto en felicidad. Si realmente fuera ella, ¿por qué me marcharía si todo me iba tan bien? Formulé la pregunta en voz alta.

- Tal vez te cansaras de la monotonía, buscaras aventuras.
- ¿Para qué? Tenía la vida resuelta.
- No por ti.
- ¿Y si esa no soy yo?
- ¿Qué más pruebas quieres? Te describe, te dibuja.
- Ya, pero... No sé, resulta tan...
- ¿Surrealista?
- Sí.
- Bueno, mírame.
- Quiero saber quién soy.
- Te conoces mejor que nadie, Cristalina. Sólo tú puedes encontrar lo que buscas.

Me abracé a él para caer rendida al sueño en su regazo. Me sentía bien en su compañía grata, amable, reconfortante, divertida, segura y única. Le debía la vida y las ganas para afrontarla.

La luna cedió su puesto para que el sol lo ocupara tiñendo de tonos dorados lo que alcanzaba con sus rayos. Desayunamos y nos fuimos volando a nuevos jardines, pasando antes por los ya vistos para comprobar su notable mejoría, lo cual me hizo sentir muy bien y contenta.
Aquel día visitamos amapolas, flores silvestres y girasoles. Sólo a las primeras tuve que rociarlas con agua que recogí en uno de sus pétalos dormidos en la tierra. Su estado no era tan lamentable como el de las rosas por las que tanto temí.

Después de almorzar, nos dirigimos de regreso, pero esta vez nos detuvimos un rato con las rosas, lirios y margaritas. Estaban preciosas. Eleazar volvió a contarles nuevas historias, ¡hasta les habló de mí! Me reí mucho con él.

Ya sobre el cuaderno, leyó nuevas páginas que narraban lo mismo: el alba, las flores y el rocío, todo envuelto en felicidad. Luego me tumbé entre sus brazos.

- Ele, ¿cómo lo haces?
- ¿Leer? – se extrañó.
- No, charlar con ellas como si pudieran contestarte.
- ¡Ah! – Soltó un risilla antes de responder – claro que pueden; de hecho, las oigo.
- Pero si no tienen boca – razoné. Él se echó a reír.
- Utilizan otro método para decir lo que desean. Has de sentir la tierra que pisas, saborear la brisa que juega con tu cabello y sus pétalos, oler su perfume, creer para ver más allá de su raíz. – Me miró con una leve sonrisa en sus carnosos labios – Creo que pronto entenderás todo esto, te gustará. No son necesarias las palabras cuando, por ejemplo, una mirada entre nosotros dice más. Sólo tienes que prestar atención a los pequeños detalles que generalmente pasas por alto.

Suspiré y le abracé. Su voz era tan suave y cálida como su presencia.

Las conversaciones con él siempre me hacían pensar antes de quedarme dormida en su regazo, como cada noche. Los días transcurrían amenos cuando unía mi risa con la suya y volábamos juntos de un lado a otro. Les fui restando importancia a las páginas del cuaderno para dársela a la madre naturaleza y a él; sus líneas no contaban nada que no supiéramos ya: el alba, las flores y el rocío, todo envuelto en felicidad. Al cabo de un tiempo, me percaté de que había dejado de envidiar a esa Cristalina de perfecta monotonía; ella estaba sola, no se escapaba de las letras que describían cada uno de sus actos, y yo, en cambio, gozaba de compañía, podía dudar y escoger mi camino. Me sentía libre.

CAPÍTULO 3. SEQUÍA


Todo era paz y armonía hasta que ellos me encontraron.

Eleazar y yo habíamos visitado nuevos jardines donde flores como azucenas, alelíes, claveles, lilas, dalias y lavandas rogaban sedientas un poco de agua y conversación. Él se encargaba de lo segundo; yo, de lo primero. Pasaban los días si incidencias y me sabía feliz conmigo, con él, con ellas, con mi vida.

Pero una tarde cambió todo.

Estaba recogiendo agua en una hoja que tomé prestada de una enredadera, aprovechando el momento para beber y mojar mis ropas por gusto cuando unos hombres asieron mis brazos con fuerza y vendaron mis ojos. El sexo lo deduje por la voz, grave y áspera de uno, limpia y joven la del otro. Usaban términos que yo no entendía, palabras que nunca escuché, además me hacían daño con sus fuertes manos.

- ¡Soltadme, soltadme!

Grité, pataleé, mas no sirvió de nada. Pronto mis pies dejaron de notar el suelo; nos habíamos elevado.

- ¡¡¡¡¡ELE!!!!!

Lloré. No sé cuánto tiempo tardamos en llegar a ese lugar, ni recuerdo quién me dejó caer en aquella habitación de piedra cuya puerta y ventana, selladas con rejas, apenas me permitían ver el exterior; tal vez fuera de noche. Intenté romper los barrotes de hierro con mis manos, pero lo único que logré fue percatarme de que tenía el brazo derecho lastimado, hecho que asocié a la caída provocada por los dos hombres antes mencionados. Desconocía el motivo que me había llevado a aquella prisión, por ello no era miedo lo que sentía, sino desconcierto, frustración.

La presencia masculina de una criatura alada interrumpió la marea de pensamientos que dominaba mi cabeza. Me recordó a Ele, pero no se parecían en nada. Su mirada era mucho más fría, dura; sus brazos, más fuertes; piel también cobriza; ojos, verde esmeralda. La vestimenta informal contrastaba con la espada que portaba en su cintura.

- ¿Sequía es tu nombre?
- No, señor. – Me levanté, mirándole inocente.
- Ellos dicen que sí. El agua te ama y abandona la tierra por cubrir tu cuerpo sin alas. Dos bocas con la misma versión en contra de una.

Con tono y expresión graves, su rostro aniñado adquiría una extraña madurez. Su voz era limpia y jovial. La verdad es que no entendía nada de lo que estaba ocurriendo.

- Pero yo me llamo Cristalina, señor.
- ¿Mientes? No lo sé.
- Quiero irme de aquí, ¡déjeme salir!
- Me temo que eso es imposible, señorita. Se quedará con nosotros, trabajará con ellos y, según valoremos su comportamiento, marchará en alma y no en cuerpo o la admitiremos en nuestro clan.
- ¡Ni hablar! ¡Sácame de aquí!
- ¿Y dejar que estropees el esfuerzo de los nuestros? Creo que no.

Soltó una risilla por lo bajo antes de marcharse con aires de superioridad. ¿Por qué? Me pregunté, pero nadie más que el silencio supo responderme. ¿Dónde estás, Ele? Me senté en un rincón y abracé mis piernas, desolada. Eché muchísimo de menos la presencia del que había sido mi compañero, mi héroe, mi amigo y mi refugio, Eleazar. Aquella noche no pude dormir.

Al amanecer, Karel, el último ser con alas que había visto, vino en mi busca y me llevó a un jardín plagado de margaritas. El medio que utilizamos fue el aire; mi aterrizaje sólo sirvió para empeorar la lesión de mi brazo, pues me dejó caer sin más desde una altura más que considerable. Me levanté con torpeza y dolorida; Ele no estaba allí para ayudarme. Otros dos de su especie vigilaban mis pasos asfixiando mi espacio. Se unieron más criaturas, jóvenes doncellas aladas. Una de ellas me habló.

- ¿De verdad eres quien dicen?
- Me llamo Cristalina, no sé nada.
- Pero ellos te vieron.
- Sólo jugaba...
- El agua es para las flores, no para nosotros.
- Es que yo no soy como vosotros.
- Eres Sequía.
- ¡Que no!

Una bofetada me hizo volver a verme en la tierra.

- Tatiana, si tu padre se entera de que charlas con el enemigo...
- Lo sé, Karel.

Ambos se alejaron. Me incorporé y observé el entorno. Todos hablaban con las flores. ¿Debía hacer yo lo mismo, o sería mejor quedarme quieta?

- Sequía, ya sabes de qué va nuestro cometido, así que ponte a trabajar. Si las marchitas, tu vida también lo hará.
- ¡No sé conversar con las flores!
- Qué pena. – se burló uno de ellos.

Me acerqué a las margaritas y empecé a desahogarme con ellas. Les conté lo que me había ocurrido, lo mal que me sentía siendo nadie y alguien equivocado a la vez. Le confesé cuán grande era mi amor por él. Y me quejé de la situación que estaba viviendo, del dolor causado en el brazo.

Por suerte, al día siguiente todas se encontraban sanas y salvas. La joven con la que había tenido contacto vino a la prisión para decírmelo. Castaña, de labios sensuales, y muy bella, con un vestido blanco que resaltaba su tez morena.

- Te creo. – comenzó – Las margaritas están bien. No les has succionado ni absorbido el agua de su raíz. No eres ella.
- Entonces... ¿Puedo irme ya?
- Lo siento, eso no es posible.
- ¿Por qué? No soy lo que buscáis.
- Pero Karel piensa que sí. Es mi prometido, no debo fallarle.
- Tatiana, yo no merezco esto por calmar mi sed en un escape de agua.
- No puedo oponerme a la voluntad del Supremo, va en contra de las normas.
- ¿Qué reglas te obligan a callar la salvación de una criatura?
- Las que rigen nuestra sociedad.
- Tienes que ayudarme – le rogué, desesperada.
- Ni siquiera debería estar aquí.
- ¿y por qué has venido?
- No lo sé. Adiós, Cristalina
- ¡Espera!

Evidentemente, no se volvió para mirarme. Se marchó sin echar la vista atrás. Regresé, pues, a mi rincón de la noche anterior para colocarme en la misma postura, encogida. Medité sobre lo ocurrido: al menos, alguien me creía, aunque no estaba dispuesta a colaborar conmigo para ayudarme a escapar de allí. Tampoco pude conciliar el sueño aquella noche; me faltaban sus brazos.

Al alba, volví a salir con ellos para charlar con las flores. Esta vez les hablé del agua, de lo maravillosa que era y cómo era mi tarea antes de ser arrestada.

Y de nuevo el silencio de la celda me acompañó en el rincón. Solo al mediodía me daban alimentos sobrantes de los suyos.

Así fue transcurriendo el tiempo. Conté una semana desde mi llegada hasta que se me ocurriera aquella idea. Ésta se trataba de pedirle a las margaritas que buscaran a Eleazar y le comunicaran mi ubicación. Dicho y hecho, aquella noche ya habían recibido mi mensaje.

Mi estado era un poco lamentable. Apenas conseguía mover el brazo sin que un dolor insoportable me atacara hasta el punto de hacerme caer. Me alimentaba de las sobras del clan cuyo nombre desconocía. Mi única esperanza era creer que las flores me habían entendido y que Ele verdaderamente sabría comprenderlas.

Mi tiempo se agotaba. Karel me trataba muy mal y Tatiana obedecía cada orden de éste, como el resto. Parecía el rey, el supremo. Nadie se oponía a sus decisiones, y una de ellas había sido acabar conmigo muy pronto. Pero yo no me daba por vencida, sabía que Ele me encontraría, confiaba a ciegas en que Ele llegaría a tiempo para salvarme como la primera vez que le vi.

CAPÍTULO 4. MI LUGAR


Mis esperanzas se hicieron añicos la noche antes de mi ejecución.

- Se acabó. No importa que ninguna flor se haya marchitado, da igual quién sea.

Karel pretendía convencer a su gente de que Sequía moriría conmigo, qué más daba la verdad, qué valor tiene una vida ajena a la propia si será recordado como el héroe que salvó a la población reduciendo el temor de sus ciudadanos a que las flores se quedaran sin agua por mi culpa. Suspiré. Me hubiera gustado poder despedirme de...

- ¡Vamos! – era su voz.

Erguí la cabeza y le vi. Eleazar traía consigo a otro ser encapuchado al que encerró conmigo. Su mirada fue tan fría que mis piernas temblaron cuando intenté levantarme. ¿No había venido a sacarme de allí? Cerró la puerta y se marchó sin más. Aquello me dolió muy dentro, en el pecho. Me costaba respirar. No quería creer que la criatura que había tomado como salvadora me hubiera dejado, a sabiendas de que sería mi última noche.

- ¡Hola! – susurró el nuevo joven sin alas – me llamo Hans, tú debes ser Cristalina.
- Sí. – dije sin ánimos.

Le examiné con la mirada. Era delgado, de mi altura más o menos, tez clara y cabellos anaranjados. Ojos vivos y oscuros.

- Espero que el plan de tu chico funcione.
- ¿Qué?
- Verás, una vez él me salvó la vida; desde entonces se la debo. Así que no tardó en encontrarme para ayudarte.
- Espera, espera – le frené – ¿Ele te ha pedido que arriesgues tu vida por mi? ¿Y tú le has hecho caso? ¡Esto es de locos! – razoné en susurros.
- No seas desagradecida. Además ¿qué puedes perder? Apenas faltan unas horas para que tu vida deje de serla.
- Vale, lo siento. Es solo que... No sé. Me rindo.
- Bien, ahora escúchame tú a mí. Te explicaré lo que ha ocurrido y lo que va a pasar, ¿de acuerdo? Pero no me interrumpas; tenemos poco tiempo. – Asentí con la cabeza. – Eleazar te buscó en cada rincón, sabía que no te habías ido por placer y ha estado día y noche preguntando a las flores dónde te encontrabas, de suerte que un grupo de margaritas le hicieron llegar tu mensaje. No lo pensó dos veces. Voló lo más rápido que le permitieron sus alas para ir al Olivar y sacarme de mi sueño, todo por ti. Me contó lo ocurrido. Todo. Desde que te conoció hasta que te perdió. Yo le debía la vida, no podía dejarle solo. Así que acepté. Su plan constaba en hacerse pasar por uno de ellos (él ya se había encargado de informarse acerca esto), encerrarme contigo. Tatiana estuvo muy enamorada de mí y Ele afirma que sigue por la labor. Siempre baja para conocer a los presos. Pronto lo hará (o eso espero). Cuando me vea sentirá el impulso de sacarme de aquí, y yo no me iré sin ti. Mientras tanto, Ele está quitando de en medio a los guardias. Es muy fuerte y sabe pelear muy bien. Él se encargará de que Tatiana se calle ante Karel, al que piensa encerrar en esta prisión de por vida. Cómo lo haremos no importa, tú solo sígueme. ¿Alguna pregunta?
- También haces esto por ella, ¿verdad?
- Eso no te incumbe. – respondió con brusquedad.
- Lo siento.
- Además... Ella viene del cielo y yo de la tierra. Tiene alas y yo no. Somos seres incompatibles.
- Oh. - Pensé entonces en Eleazar, en mí. ¿De verdad éramos incompatibles?
- Mi lugar está abajo, y el suyo en el aire.

Bajé la vista clavándola en el suelo y repetí en mi mente aquellas palabras: mi lugar está en la tierra; el suyo, en el aire. Sacudí la cabeza. Primero salgamos de aquí, luego buscaré mi sitio; me dije.

La presencia de Tatiana interrumpió mis pensamientos. Su expresión preocupada contrastaba con la pureza que transmitía su vestido blanco. Se aferró a los barrotes, desesperada.

- ¡Oh, Hans!
- ¿Vienes a despedirte? Qué amable. – replicó con sarcasmo.
- ¿Cómo has llegado hasta aquí?
- Como ella – me señaló con una amarga sonrisa fingida.
- Mañana es la ejecución, al alba. – decía ella, desolada.
- ¿Por qué te angustias? No es tu tiempo el que se agota a cada minuto que pasa en esta maldita celda. – la acusó.
- Oh, Hans, sabes que lo daría todo por ti, hasta mi vida.
- Las palabras quedan muy bien, Tatiana, pero los hechos hablan por sí solos. Tú finges malestar desde fuera mientras yo asumo mi fin desde dentro. – tomó asiento a la vez que se apartaba un mechón de pelo del rostro.
- ¿Quién te apresó?
- Qué más da. Todos obedecen las órdenes de Karel. Ahora, márchate.

La joven hada se marchó con los ojos anegados en lágrimas. Sentí, a pesar de mi situación, lástima por ella. El chico había sido demasiado duro. Era yo la que había sufrido su silencio, no él.

- Eleazar habrá reducido a los guardias. Sólo le queda encontrarse con mi querida princesa para terminar de convencerla.
- Es cruel...
- Cristalina, que te iban a matar – me recordó.

Le miré y nos reímos. Era tan simple como yo, sin alas y encerrado en una prisión. Tal vez él supiera decirme quién soy, de dónde vengo, cuál es mi especie, pensé. Era bastante lindo, con sus cabellos ocultando las orejas ligeramente puntiagudas.

La verja se abrió. Eleazar había venido a por nosotros. Me resultó extraño descubrir su rostro en ausencia de su espléndida sonrisa; la seriedad que dominaba su mirada era escalofriante... Pero no pude evitar sentirme viva al tocar sus manos y volverle a ver.

- Vamos.

Nos cogió a ambos con sus fuertes brazos y nos llevó hacia fuera, pasadizos de piedra y hombres alados tirados por los suelos. ¿Todo eso lo había hecho él? Mi ángel por veces demonio, me sorprendió. Una sensación extraña en el pecho me acompañó durante todo el recorrido hasta encontrar la salida, subiendo desde una rampla empedrada. Era de noche, la luna iluminaba con su tenue luz los rostros de mis acompañantes; en otro momento hubiera sido una imagen romántica y especial; ahora, tenebrosa y acusadora.

- Ele, ¿y Tatiana? – preguntó Hans.
- Debo ir a por ella. Los guardias te vieron y saben que no eres de os suyos. La culparán de la huída de Cristalina y el fin será suyo si no hago algo. Quedaos aquí.
- Ni hablar, Ele, me has hecho venir hasta aquí y no pienso quedarme de brazos cruzados mientras ella y tú os enfrentáis a quién sabe qué tiene guardado Karel.
- Ni yo – me uní.
- Cristalina, hemos venido a salvarte, no te pondremos en peligro ni aunque te pongas de rodillas.
- Pero...
- Tranquila, no nos pasará nada. Confía en mí.

Esas palabras fueron las últimas que escuché de mi Ele. Los dos se marcharon dejándome sola con las flores. Si creían que les iba a obedecer, estaban muy equivocados. Hablé con las flores y les pedí ayuda. No tardó en aparecer un ejército de mariposas blancas dispuestas a luchar por la paz.

Las guié sin saber muy bien a dónde debía dirigirme. Finalmente, acabé en un descampado. Sí, diferentes pasajes y pasillos me condujeron al exterior, pero tierra desprovista de plantas. Solo tierra. Allí encontré a Karel sonriendo mientras varios hombres alados con armaduras peleaban con mis compañeros. Las mariposas se pusieron de acuerdo en una emboscada que dejó inconsciente al enemigo.

Mis compañeros me miraron y asintieron en señal de agradecimiento descontento. Sólo Karel seguía en pie.

- ¿Dónde escondes a Tatiana? – Hans gritaba furioso.
- Si os lo digo, no os serviré de nada y acabaréis conmigo por ser el rey que nunca podréis ser. Un desterrado y un desalmado.
- Has sido el agujero que ha hundido a este pueblo; es hora de cerrarlo.

Los chicos se lanzaron hacia él y empezó la guerra entre dos bandos representados por un falso líder en contra de dos héroes que salvarán la especie. Las mariposas impedía a Karel volar cuando quería, por lo que no tendría ventaja sobre Hans. Bien, me dije, ahora buscaré a Tatiana; dondequiera que esté, la encontraré. Regresé a los pasadizos gritando su nombre, sin pensar luego en cómo saldría de allí (me había perdido y no tenía sentido de la orientación). El tiempo s eme hacía eterno allí abajo, pero no podía rendirme, por él, por ellos, por mí. Y por fin oí su voz, aniñada y dulce, a la vez que intensa, llamándome a lo lejos. Corrí hacia ella; se hallaba dentro de un pozo cuyas paredes impedían el movimiento de sus magníficas alas de hada. Cogí sus finas manos y la saqué, no sin esfuerzo, de allí.

- Oh, Cristalina, ¡no sabes cuánto lo siento!
- No te preocupes. ¿Recuerdas cómo se va al descampado?
- ¿Te refieres a la sala de lucha, al aire libre? Sí.
- Llévame, rápido. Ellos deben verte y él también para que todo termine.

Tatiana me tomó en brazos y volamos en la dirección indicada. Íbamos muy rápido, tanto que apenas podía distinguir una piedra de otra. Cuando llegamos, Tatiana paralizó a las mariposas con una palabra que no entendí. Todas se fueron un segundo después.

- ¡Hans!

El aludido se deshizo de su espada para ir en busca de su amada, de su princesa, ante la mirada de odio de Karel, que lanzó la suya contra el joven al tiempo que Ele le clavaba la suya. Cuando quisimos advertir a Hans, ya era demasiado tarde, la espada le había dado en el costado cuando se giró a comprobarlo.

Tatiana, Ele y yo corrimos a socorrer a Hans, que sonreía satisfecho. Habló entrecortado y con muy poca fuerza.

- Hemos ganado...
- Y todo gracias a ti, Hans. – Le dijo Ele.
- Estás a salvo, no donde quieres, pero sí con quien amas. Me alegro.
- Gracias, Hans. Mi mejor maestro has sido tú. – respondí.
- Tatiana, mi amor...
- No digas nada – le besó en los labios – ahora tenemos toda una vida por delante para dirigir este reino, los dos juntos.

Él sonrió. Una lágrima cristalina de desprendió del rostro de la princesa para caer en la herida del joven. Ya estaba amaneciendo, y los soldados empezaron a llegar desconcertados. Cuando todos hubieron llegado, Tatiana se elevó para hacerse notar y comunicó que ya no habría más discriminación, ni violencia, ni egoísmo, ni avaricia; los pilares del nuevo reino se basarían en el bien propio y común, en el bienestar, en la salud, en el trabajo en comunidad, en un líder que guíe sin ordenar.

La recibieron con aplausos y euforia, alzando los puños y la voz en señal de victoria. Ele me miró, aliviado, y yo le devolví la mirada y la sonrisa. El brillo de sus ojos había regresado para volverme a enamorar.

- Ele, quiero darte las gracias, a ti, a Hans y a Cristalina, por salvarnos y abrir los ojos de esta ciudad, demostrarnos que siempre hay un mañana, un nuevo sol.

Nos levantamos. Hans se había curado, sólo una cicatriz dejaba evidencia del daño sufrido. Hicimos una reverencia y los aplausos subieron su volumen. Ele me tomó por la cintura, como hacía antes de que empezara todo aquello, y me sentí realmente bien, fue como estar en casa después de mucho tiempo. Entonces me di cuenta de que mi lugar estaba entre sus brazos.

CAPÍTULO 5. MI ORIGEN, PRIMAVERA Y DECISIONES


Ya habían pasado varias semanas del suceso. Ele y yo nos habíamos enamorado; la vida a su lado era perfecta y yo, me sentía realmente bien, era feliz. Nos reíamos mucho jugando en los charcos, escondiéndonos entre los tallos de nuestras flores, a las que cuidábamos. Habíamos dejado atrás el cuaderno para ir de un lugar a otro del mundo. Fue antes de irnos del país cuando la voz de Hans nos sorprendió a la espalda. Iba en los brazos de su mujer, Tatiana. Cuando ambas parejas nos encontramos, ellos nos comunicaron lo que yo había querido saber desde el principio de esta historia, mi porqué, mi origen. Me dijeron que había llegado el momento de desvelármelo, pues ya había encontrado mi lugar.

Juntos, volamos durante bastante rato, lo suficiente para que la luna compartiera el cielo con el sol desde lejos. Aterrizamos en un ventanal blanco; el cristal limpio me permitía distinguir en la habitación la figura de una joven humana que dibujaba en el escritorio.

- Ella te creó, Cristalina – empezó Hans.
- ¿Quién es?
- Tu Dios, por llamarlo de alguna manera. Esa niña te inventó y su amor te dio vida.
- Pero... ¿Cómo? – mis oídos no daban crédito a lo que estaban oyendo.
- Perdió su cuaderno en la mudanza. Te deseaba tanto que la magia de sus letras se escapó a la realidad.

Medité acerca de la nueva información adquirida en mi mente durante unos segundos antes de que Hans volviera a hablar:

- Ahora eres tú y no ella quien decide tu destino. Puedes elegir lo que haces, lo que vives. Eres real, estás viva, todos nosotros lo estamos. No eres un personaje inventado en un cuento de hadas.
- Pero no lo entiendo...
- Cristalina, yo ya sabía quién eras antes de conocerte. Mi Dios es su padre. Son escritores para los humanos y dioses para nosotros.
- No quería que te marcharas sin saber quién eres. – Intervino Tatiana.
- Gracias, de veras, gracias a los dos.
- Puedes volver a tu origen si así lo deseas, serás inmortal, como esa historia – la voz de Ele sonó triste.
- Es genial... – sonreí.
- Ha sido un placer conocerte, Cristalina. – Tatiana me dio un beso en la mejilla.
- Espera, espera. No voy a regresar. Mi sitio está aquí, no en el cuaderno, sino en los brazos de quien amo. – Miré a Ele, satisfecha – Por fin sé que soy yo quien manda en mi destino y no un ente externo. Me quedo contigo porque yo quiero. Bueno... Si tú me dejas. – Añadí.

Ele me tomó en brazos y me besó, deslicé mis brazos por su cuello y repetí su gesto. A él también le gustó. Una sonrisa, una mirada y una despedida. Tatiana y Hans se despidieron cortésmente antes de marchar hacia su reino.

Por más que viajo no me canso de hacerlo, siempre se descubren cosas nuevas, lugares exóticos, humildes o llenos de pequeñas maravillas que sirven de escenario para las historias que mi hado de piel cobriza y sonrisa perfecta les cuenta a las flores en los jardines que visitamos. Es maravillosa la vida que llevamos, aunque lo mejor, es poder disfrutarla junto a alguien tan especial como él, que me enseña cada día una manera nueva de entender la naturaleza y disfrutar de ella.

Ele y yo existimos de verdad. Tú, humano que deslizas tu mirar por estas líneas, sabes quienes somos. Es más, te sorprenderá saber que sois vosotros los que pusisteis nombre a nuestra relación, a nuestra presencia.

¿Que cuál es? Calla, hay alguien que grita, ¿Qué dice?

- ¡Ha llegado la primavera!

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